por Juan Limachi
PANAMA, 14 nov (Xinhua) -- El esfuerzo de los niños panameños por progresar y mejorar sus condiciones de vida, a veces, se frustra por la falta de recursos económicos, como ocurre con Yaritzel Caisamo, una niña indígena de 14 años, que vive en la comunidad Emberá-Drúa, en las riberas del Río Chagres, una zona montañosa al norte de la ciudad de Panamá.
"Cuando llegué al colegio, un funcionario me dijo que no podía ingresar a dar el examen porque no había pagado una cuota de 15 dólares", recordó entristecida la niña al rememorar aquella experiencia del verano de 2007.
La mano salvadora vino de parte de una amiga de su pueblo a quien otras niñas y niños emberás recurren cuando se encuentran en situaciones difíciles en la ciudad, donde los inmensos edificios y el estruendo de esta urbe los aturde, porque es muy ruidosa a diferencia de su pacífica aldea donde sólo se escucha el rumor del río y el canto de los pájaros.
"Esperé la llegada de una amiga de la comunidad, que en estos casos nos ayuda a los estudiantes de mi pueblo, gracias a esta persona que pagó el dinero pude ingresar a dar el examen", dijo.
Pese a esta experiencia, y al largo recorrido que debe hacer desde su comunidad hasta el centro escolar donde estudia, su rostro expresa la alegría de poder estudiar porque es consciente de que es la única forma de mejorar su vida y ayudar a su familia, compuesta de cinco hermanas y un hermano. Ella es la penúltima.
La comunidad de Yaritzel está ubicada a 45 minutos en viaje por los afluentes del caudaloso río Chagres en un cayuco artesanal (canoa indígena), desde la población de Caimitillo, una aldea rural a la que se llega después de un largo viaje en auto desde la capital panameña.
Desde su lejana aldea, esta estudiante emprende su recorrido de alrededor de tres horas hacia el centro de la capital panameña para asistir al colegio donde estudia en un régimen especial el cuarto año de secundaria.
Para llegar a su destino tiene que recorrer el río en un cayuco, hasta Caimitillo, y desde allí pasa por una verdadera odisea en cualquier vehículo por una carretera con huecos y baches hasta la Vía Transístmica, donde finalmente puede subir a un autobús que la trasladará hasta el colegio.
La larga travesía la agota, pero el entusiasmo por aprender cosas nuevas es mayor y por ello hace el recorrido con alegría, junto a otras niñas de su pueblo, que también estudian en la ciudad.
"Uno de mis sueños más grandes es convertirme en una contadora y me faltan dos años para culminar los estudios secundarios", afirmó con sus ojos radiantes de esperanza, mientras hace un alto en el centro de su aldea, donde recibe a los turistas junto a otras niñas y jóvenes ejecutando danzas tradicionales.
Vestida con sus atuendos típicos, una larga falda que enrolla en su delgado cuerpo, unos collares de semillas y caracoles en su cuello, una flor amarilla en su cabeza y los infaltables dibujos de líneas negras de forma geométrica en su rostro, reflejan la sencillez y la inocencia de esta niña emberá que tiene muchas aspiraciones para el futuro.
Después de bailar diversas danzas, hace un alto y sentada en un tronco, habla con los visitantes con voz suave, como susurrando un sueño aún lejano, para explicar que entre sus metas se encuentra ingresar a la Universidad de Panamá.
Yaritzel es carismática y también se ha ganado el cariño y el respeto de su comunidad, donde es considerada una líder juvenil, debido a la seriedad con la que toma las cosas de la vida, pese a su corta edad.
"Me gustan las matemáticas, porque siempre hay una respuesta, a diferencia de otras materias donde las preguntas quedan sin respuesta o muchas veces son confusas", expresó mientras mira sus pies descalzos llenos de polvo.
A diferencia de otras niñas de su edad, que juegan despreocupadas o pasean con sus amigas por las calles de la ciudad de Panamá o visitan los modernos centros comerciales de esta urbe, pensando en los regalos de Navidad y Año Nuevo que recibirán de sus padres, Yaritzel enseña a otros niños de su aldea matemáticas y los orienta en las obligaciones con su comunidad.
Este año el cacique Eneldo Ruiz, y el pleno de su comunidad, la nombró secretaria de juventud, para que cumpla el rol de dar charlas a las niñas y niños de la aldea organizándolos en grupos de conservación de la naturaleza, y explicándoles la necesidad de atender los estudios.
"Ella es una líder y ha demostrado que es inteligente, por eso la comunidad la nombró secretaria de juventud porque consideramos que es un buen ejemplo para el resto de los niños", dijo el curtido jefe de la aldea, muy seriamente.
Yaritzel se ha convertido en un símbolo porque representa la esperanza de esta población indígena, que ahora, pese a sus escasos recursos económicos, se esfuerza por educar a sus niños para que puedan tener una mejor existencia y acceder a los beneficios de la modernidad.
La dura existencia que enfrenta esta niña no la amilana y su determinación, pese a su frágil figura, representa la fuerza de las nuevas generaciones de estas comunidades que, a pesar de las limitaciones, quieren otro futuro, diferente al que tuvieron sus padres.
Los últimos datos estadísticos de Unicef alarman a la opinión pública internacional, porque reflejan la situación en la que se encuentran los niños indígenas, como Yaritzel en Panamá, y en el resto de los países latinoamericanos, donde los niveles de pobreza alcanzan el 80 por ciento en estas comunidades.