Por Li Xin
BEIJING, 4 mar (Xinhua) -- Tras dos años de trabajo en la Ciudad de México como corresponsal en América Latina, al regresar a mi ciudad natal, Pingdingshan, pude sentir con mayor claridad la profunda sintonía entre China y Latinoamérica.
Solía describir Pingdingshan como una urbe del centro de China marcada por el carbón. Situada en la provincia de Henan, la ciudad creció al ritmo de las minas, que durante décadas definieron su motor económico y su identidad más visible.
Sin embargo, al regresar después de unos años en el extranjero, descubrí una ciudad que ha iniciado nuevas rutas hacia un mejor horizonte.
En el distrito Weidong de la ciudad, se levanta un parque industrial dedicado al proyecto de semiconductores. Allí, el carbón, antaño combustible esencial, hoy se transforma en polvo de carburo de silicio de alta pureza y en lingote de carburo de silicio, un material estratégico para semiconductores utilizados en vehículos eléctricos, energías renovables y manufactura avanzada. La antigua ciudad "minera" está redefiniendo su identidad y proyectándose hacia sectores de mayor valor tecnológico.
Ese cambio local me hizo pensar en una conversación recurrente en América Latina: ¿cómo pueden las economías basadas en recursos naturales dar el salto hacia industrias de mayor valor agregado y menor impacto ambiental? La pregunta no es exclusiva de China ni de un país latinoamericano en particular, sino que es un desafío global.
Esta metamorfosis no es un fenómeno aislado. Resuena con fuerza al otro lado del Pacífico. En América Latina, distintos países avanzan por caminos diversos pero convergentes. Brasil ha consolidado una matriz energética con una sólida participación de fuentes renovables, respaldada por su histórica capacidad hidroeléctrica y el desarrollo sostenido de biocombustibles. Chile impulsa ambiciosos proyectos solares y eólicos en el desierto de Atacama, al tiempo que busca incorporar su riqueza en litio a cadenas de valor asociadas al almacenamiento energético. México, por su parte, promueve la electromovilidad y trabaja para fortalecer su posición en la cadena regional de componentes electrónicos y semiconductores.
Cada nación parte de realidades distintas, pero todas enfrentan un reto común: equilibrar crecimiento económico, seguridad energética y sostenibilidad ambiental. En ese contexto, la experiencia de mi pueblo natal resulta ilustrativa.
Según Wang Ke, encargado de la operación del parque industrial en el distrito Weidong, apenas tres meses bastaron para concluir la construcción y ponerlo en funcionamiento. Esa rapidez está basada en la determinación resuelta de la ciudad en abrazar la innovación, lo que requiere cooperación y esfuerzos bien unidos de todas las partes.
Es claro que Pingdingshan ha apostado por desarrollar capacidades propias en la producción de insumos clave para la industria de chips, demostrando que incluso una ciudad fuertemente dependiente de la minería puede redefinir su perfil productivo.
Si la innovación tecnológica marca el rumbo del futuro, la cultura aporta el sustento espiritual. Ese mismo dinamismo lo percibo tanto en China como en Latinoamérica.
Durante mi trabajo en América Latina, solía visitar museos, sitios arqueológicos y mercados de artesanía para acercarme a la diversidad de las civilizaciones humanas y a los puntos de encuentro entre China y la región.
Hace más de cuatro siglos, la histórica ruta del Galeón de Manila -conocida también como la "Nao de China"- cruzó el océano Pacífico llevando porcelana china hasta el continente americano.
Con el paso del tiempo, ciertas características de la porcelana china fueron reinterpretadas por artesanos locales y se integraron en sus propias tradiciones cerámicas. Cada vez que encontraba piezas con diseños familiares en los países latinoamericanos, sentía la maravilla de ese diálogo entre civilizaciones.
De regreso a mi tierra natal, siento un renovado interés por explorar nuestro desarrollo cultural. Con cierta sorpresa, descubro que la historia milenaria ya no permanece únicamente en los libros, sino que se integra de manera viva en la vida cotidiana y encuentra nuevas plataformas para proyectarse al mundo.
Tuve la oportunidad de visitar el Parque Cultural de Cerámica Antigua de Pucheng donde contemplé piezas que evocan milenios de tradición.
En el sitio arqueológico de Puchengdian, en el distrito de Weidong, fue descubierto un horno perteneciente a la cultura Longshan, surgida a finales del Neolítico. Inspirado en ese hallazgo, el equipo encabezado por Zhang Wei, director de una compañía dedicada a la recuperación de cerámicas, logró reconstruir las técnicas originales de producción cerámica de hace cinco mil años y volver a crear la llamada "cerámica antigua de Pucheng".
Al mismo tiempo, incorporaron tecnología moderna y criterios estéticos contemporáneos para desarrollar productos que combinan valor cultural y funcionalidad, permitiendo que un saber ancestral encuentre nueva vida en el mercado actual.
Según Zhang Wei, su motivación es preservar las raíces de la cerámica de la región central de Henan, promover la transmisión viva de técnicas consideradas patrimonio cultural inmaterial y proyectar esta tradición hacia el exterior. Una aspiración semejante escuché también de una artesana de barro negro en América Latina.
Aunque cada tierra produce su propio barro y cada cultura dispone de motivos distintos, el deseo de proteger la herencia cultural e innovar en su transmisión resuena a través de océanos y montañas.
En el Museo de Pingdingshan, además de observar los restos originales del horno descubierto en Puchengdian, pude comprender con mayor claridad la trayectoria histórica de la ciudad.
En la dinastía Zhou Occidental, la ciudad fue sede del antiguo Estado de Ying. Hoy, el museo retoma ese legado mediante actividades inmersivas y propuestas interactivas que combinan tradición y tecnología, convirtiendo la historia en una experiencia viva y accesible para el público.
Muchos niños participan en el mercado temático del Estado de Ying y en las actividades de juegos de rol organizadas por el museo, disfrutando de la experiencia con gran entusiasmo, mientras aprenden nuevos conocimientos.
Esos procesos encuentran también eco en América Latina, donde se desarrollan iniciativas similares. Comunidades artesanales andinas, mesoamericanas y amazónicas reinventan técnicas heredadas, integrando identidad cultural y creatividad contemporánea. Del mismo modo, los museos exploran nuevas formas de difundir conocimientos y despertar en el público un mayor interés por su propia historia, combinando tradición e innovación.
Del carbón al silicio, de la cerámica ancestral al diseño contemporáneo, la experiencia de Pingdingshan refleja un proceso de transformación más amplio. En distintos puntos de América Latina, iniciativas en energías renovables, manufactura avanzada y revitalización cultural responden a aspiraciones similares. No son trayectorias idénticas, pero sí ritmos que, desde contextos distintos, laten en sintonía.
Al recorrer estos espacios renovados donde lo tradicional y lo innovador conviven, siento un profundo orgullo. Un orgullo que se amplía al ver cómo estos pasos locales se entrelazan con el resto del mundo.
Los lazos de este ritmo compartido son ya una realidad tangible: Hoy, los autobuses de Yutong, fabricados en Henan, circulan por carreteras de diversos países latinoamericanos; los monjes del Templo Shaolin y los artistas del Grupo Acrobático de Henan reciben cálidos aplausos en escenarios de la región; y exposiciones como la dedicada a la civilización maya de México han llegado a museos de Henan, acercando al público chino a la riqueza cultural latinoamericana.
La experiencia de mi tierra no es un caso aislado. China y América Latina comparten trayectorias de transformación, retos similares y la certeza de que el diálogo entre civilizaciones fortalece a ambas partes. Desde sus propias raíces, nuestras sociedades pueden profundizar el aprendizaje mutuo y avanzar juntas, con un mismo pulso tecnológico y un ritmo cultural compartido, hacia un desarrollo más abierto, inclusivo y sostenible.












