Por Carina López y Ricardo Montoya
TLAQUEPAQUE, México, 11 mar (Xinhua) -- Entre hornos y manos cubiertas de barro, la familia Panduro ha dedicado cuatro generaciones a la alfarería en San Pedro Tlaquepaque, localidad del estado mexicano de Jalisco (oeste), reconocida por su rica tradición artesanal.
El legado comenzó con Pantaleón Panduro, cuyas esculturas y retratos lo convirtieron en un referente de la cerámica mexicana, y hoy continúa a través de sus descendientes, quienes transforman el barro en piezas que combinan historia familiar, creatividad y pasión por el oficio.
"La primera generación fue mi bisabuelo Pantaleón Panduro; fue uno de los mejores artistas de su época. Hasta la fecha, hay un museo aquí en Tlaquepaque que lleva su nombre en honor de lo que hacía. Él fue conocido porque cuando venían presidentes o gente importante, le llamaban para que hicieran sus retratos; entonces, él nos empezó a enseñar a las demás generaciones", dijo a Xinhua la artesana mexicana y bisnieta del señor Pantaleón, Graciela Panduro Cerda.
La señora Graciela recuerda que su bisabuelo en realidad no comenzó como artesano, sino que su trabajo era hacer ladrillos para la construcción, una labor que realizaba con lodo, tierra y agua.
Sin embargo, fue casi por casualidad como descubrió su talento. Durante un descanso a la hora del almuerzo, tomó un pedazo de barro y comenzó a moldear el rostro de uno de sus compañeros de trabajo. A partir de ese momento, quienes lo rodeaban se sorprendieron por la habilidad que tenía en las manos.
Poco a poco, la noticia se fue corriendo entre la gente de San Pedro Tlaquepaque, hasta que el expresidente de México, Porfirio Díaz, pasó por el taller de Panduro y le pidió que hiciera su retrato en barro.
Graciela recuerda que al mandatario le gustó mucho el resultado e incluso quiso llevárselo a otro país para que se especializara.
Sin embargo, Panduro decidió quedarse en su tierra. Desde entonces, comenzaron a llamarlo para realizar trabajos especiales y participar en distintos eventos.
"Cuentan que (Porfirio Díaz) le dijo que lo que quisiera se lo diera; entonces, él quiso ser presidente por un rato y le prestó la silla (presidencial) por una hora; fue presidente por una hora mi bisabuelo", relató Panduro Cerda.
La tradición familiar marcó el camino de Graciela, pues desde los cinco años comenzó a acercarse al barro sin darse cuenta, al ver a sus padres y a otros familiares trabajar en la alfarería en el jardín trasero de su casa en Tlaquepaque.
Para ella, moldear figuras parecía un juego de infancia y, con el paso del tiempo, comprendió que aquello que veía como una actividad familiar sería una forma de vida que terminaría convirtiéndose en su propio camino.
"Mi papá tenía un taller donde trabajaban mis hermanas mayores y tenían ahí más de 20 personas trabajando; yo iba junto con mis hermanos los más chicos y nos ponían a hacer bolitas y tiritas", recordó con nostalgia.
Años después, Graciela Panduro decidió estudiar artes plásticas para perfeccionar su técnica. Fue entonces cuando comprendió que los juegos que su padre y sus hermanas le ponían desde niña eran en realidad la base del trabajo artesanal.
Con el tiempo, su talento le permitió viajar a algunos países y pulir su estilo, mejorando sus condiciones de vida.
"Me siento supersatisfecha de lograr todo lo que me propuse. Me gustaría seguir trabajando, pero cada día estoy más grande y se me pone más difícil. Quisiera que todos los artesanos sintieran eso, porque la verdad es que cuando te pones a hacer algo de esto es porque lo traes en el corazón y lo entregas en lo que haces", expresó.
A lo largo de los años, Graciela ha realizado numerosas piezas. Recientemente, elaboró una colección de alrededor de 150 figuras dedicadas a personajes ilustres de la historia, entre ellos, científicos, maestros y médicos. Cada pieza fue moldeada a mano y sin molde, lo que hace del proceso una experiencia especialmente gratificante.
La ceramista jalisciense señala que uno de sus mayores deseos es que la tradición familiar continúe en las nuevas generaciones. Cuenta que algunos de sus hermanos ya se han acercado al oficio y la ayudan en el taller, algo que para ella representa la posibilidad de que el legado artesanal de la familia siga vivo con el paso del tiempo.
De esta manera, la tradición alfarera de la familia Panduro continúa transmitiéndose de generación en generación en San Pedro Tlaquepaque, donde el trabajo del barro forma parte de la identidad cultural de la región.
"Es muy satisfactorio que cada día tomen más en cuenta al artesano, que un día estuvo muy rezagado", concluyó Graciela.










